Nota editorial
Los caninos que me enseñaron a adiestrar
Quiero hacer en esta nota un homenaje a quienes han sido mis primeros maestros en el entrenamiento, ellos fueron Tupac y Figa, quienes me enseñaron mucho de lo que hoy sé, y fundamentalmente fortalecieron el amor que siento por los caninos. Pero no solo eso, Figa también inició mi cartera de clientes gracias a su llamativa capacidad.
Quiero hacer en esta nota un homenaje a quienes han sido mis primeros maestros en el adiestramiento, ellos fueron Tupac y Figa, quienes me enseñaron mucho de lo que hoy sé, y fundamentalmente fortalecieron el amor que siento por los caninos.
Desde que tengo memoria tuve inclinación por los caninos, en la pandilla de amigos del barrio siendo un niño teníamos como mascotas siempre a algún gran canino vagabundo, y casi todos se llamaron Cacique.
A los 17 años conseguí a Tupac. Un mestizo de pastor alemán con un genio bastante díscolo que llegó conmigo con 25 días de vida. Lo crié no muy bien los primeros tiempos ya que ingresé al ejército por mi servicio militar obligatorio y pocas veces lo veía. En el servicio tuve contacto con los caninos de guerra del Regimiento 3 de Tablada durante mi instrucción.
Más adelante, cuando comenzaron mis permisos para regresar a casa cada tanto, compré un manual de entrenamiento y sin ninguna otra ayuda que él intenté adiestrar a Tupac, quien fue mi laboratorio de errores. Sin guía profesional, no existían los cursos que hoy existen ni mucho menos las técnicas actuales. Los manuales eran basados en técnicas anticuadas, y sin tutores que me guíen el pobre Tupac debió sufrir muchas confusiones en el proceso de su aprendizaje.
Era un canino muy ágil, no muy grande, pero muy fuerte, y su dentadura era formidable. Con él aprendí a cuidarme más de los caninos de ojos amarillo anaranjados. Su temperamento era realmente fuerte, y solo me respetaba a mí, con los demás mejor era que ni se lo taten, ni le hablen ni lo toquen. Nunca mordió a nadie, porque jamás se lo habría permitido, y realmente me tenía mucho respeto, pero en manos de una persona que disfrutara un mínimo de su feroz carácter se habría convertido en un asesino.
Lo que aprendí con él, además de ejercicios de disciplina y saltos, fue que no hay canino más peligroso que aquel cuyo dueño siente alguna satisfacción de su peligrosidad. Por mínimo que sea el sentimiento de placer que un amo sienta cuando su canino demuestra agresividad, el canino lo captará y potenciará su comportamiento hasta límites extremos. Mientras tanto, el canino que tenga un temperamento díscolo, pero cuyo dueño realmente deplore su comportamiento, se cuidará siempre de agredir mientras su amo ande cerca, porque captará la desaprobación ya con los gestos y las posturas corporales.
Una noche, teniendo yo 18 años, me encontraba en una cafetería llamada Le Fígaro, cuando una pastora alemana pelo largo sucia y desgreñada entró y se acercó a una de las mesas. Mientras unos muchachos la acariciaban y el camarero se acercaba para echarla del lugar, ella me vio y sin dudarlo ni yo llamarla se vino a mi mesa. Estaba evidentemente abandonada. Tendría quizás unos 10 meses. Nunca voy a olvidar la mirada penetrante a los ojos de esa noche, y cuando el camarero llegó para sacarla del lugar le dije que era mía, que seguramente se habría escapada y me había seguido.
Me regresé caminando en compañía de un amigo con quien estaba esa noche en el bar conversando y acomodé a Figa (nombrada así por el bar donde la había hallado) en el fondo de la casa de mis padres con quienes vivía, junto con Tupac.
A la mañana siguiente la bañé con un anti parasitario externo y le maté los millones de garrapatas. Tenía el cuello cortado e infectado en la garganta, aparentemente habría estado atada con un alambre y se le había incrustado en la piel provocando una herida bastante grande y dolorosa. El pelo, que debía ser negro hasta las patas ya que tenía el manto muy bajo, estaba de un color marrón rojizo, denotando grandes problemas de nutrición. Pasarle la mano por las costillas era como palpar un esqueleto, con el agregado de los miles de bultos que formaban las garrapatas.
En un par de meses Figa brillaba con su pelo renegrido, y regalaba vitalidad y musculatura.
Fue sin dudas la mejor perra que tuve en aquellos tiempos. Y me enseñó más de lo que podría haber calculado la noche que le encontré.
Tenía una inteligencia extraordinaria, me sorprendía a cada instante. Cierta vez acababa de enseñarle a levantar del suelo las cosas que se me caían e intenté mostrarles eso a dos amigos con quienes habíamos empezado el negocio del entrenamiento domiciliario muy tibiamente todavía. Como no tenía nada a mano para hacer la demostración pedí a uno de ellos que me facilitara sus llaves. Hice como que se me caían, y Figa procedió automáticamente y sin orden, a alzarlas del suelo, como se lo había enseñado, pero para mi sorpresa no me las entregó a mí sino a quien me las había facilitado.
“Debe haber un error” pensé para mis adentros. Ella sabía que todo lo que se me caía debía levantarlo y traérmelo sin que le dijera nada, pero jamás le había enseñado a devolver las cosas a sus originales dueños. Mi amigo, quien casualmente era el mismo que estuvo conmigo la noche en que encontramos a Figa, me prestó nuevamente las llaves, las coloque en mi bolsillo y en un gesto de aparente descuido las dejé caer. Al ruido de las llaves en el piso, Figa vino al trote, las volvió a tomar con su boca y se las entregó a mi amigo.
Pedí a mi otro amigo que me facilitara algo de su pertenencia, me dio su billetera. Repetí la acción de dejarlo caer como por accidente y Figa se los devolvió al verdadero dueño.
Solo una vez, en que uno de mis amigos me dio sus llaves a escondidas, sin que Figa lo observara, ella me las devolvió luego a mí.
Era mi ayudante cuando adiestraba. Ella permanecía echada a unos metros mientras trabajaba con caninos de mis todavía escasos clientes en los parques. Cuando finalizaba mi labor, yo dejaba la soga y la carpeta con planillas en el pasto. Mientras me dirigía a devolver a mi eventual alumno a sus dueños, solo debía decirle “listo Figa, junta todo”. La perra tomaba los elementos uno a uno y los acarreaba a mi jeep descapotado, al que subía de un salto y ahí quedaba esperando que yo regrese.
Sin dudas Figa fue la perra que más clientes me consiguió en aquellos tiempos. Me ha conseguido clientes incluso con el truco de los objetos perdidos:
Cierta vez había salido de compras como siempre en compañía de mi fiel perra. Ella siempre caminaba pegada a mi pierna sin correas y llegada al jeep, a mi voz de “arriba” daba un potente salto sin tomar carrera y se depositaba cómodamente en la parte trasera de mi guerrero vehículo. Una persona que pasaba con un cachorro a la correa se detuvo cuando la vio echada en la puerta del comercio a donde yo me encontraba. Cuando salí y le dije “vamos” emprendió la marcha pegada a mí, pero un pequeño paquete se me cayó sin querer. Figa abandonó su lugar a mi izquierda, recogió el paquete mientras yo seguía mi marcha hacia el jeep, y rápidamente me alcanzó el paso. La persona que observaba con su cachorro no tardó en hablarme, luego de una conversación le entregué mi tarjeta, y se convirtió en un cliente a quien adiestré varios caninos a lo largo de unos cuantos años de relación, no solo a él, sino también a referidos por él. Y, por supuesto, esa accidental caída de un objeto que Figa recuperó para mí, se transformó de ahí en más en un truco que repetía cada vez que andaba por la calle con mi perra y alguna persona paseaba un cachorro, con lo que Figa se convirtió en mi mejor vendedora.
Durante los ataques se comportaba como una fiera, y finalizados los mismos se le podían subir a caballo los niños sin que ella se moleste. Era una perra a la que habría dejado en un jardín infantil sin dudarlo.
Su fidelidad no tenía límites. Le dejaba en mi jeep, del cual se podría bajar de un salto ante el mínimo gesto mío, pero al decirle “quedate ahí”, se echaba en el asiento y ya no se movía del lugar hasta mi regreso. Incluso si me iba a una disco dejándola en el estacionamiento o en pleno centro de la ciudad, a mi regreso, siendo las 2 o 3 de la madrugada, ahí estaba esperando como se lo había indicado. He dejado muchas veces las llaves puestas a propósito, con lo que quedaba demostrado que Figa no estaba en el jeep de adorno, pero nunca nadie se atrevió a subirse, a pesar de que se trataba de un jeep, como ya he dicho, completamente abierto.
Tupac y Figa me acompañaron hasta mis 30 años, pero sé que ahora me esperan en otro lugar para volver a caminar a mi lado.
Tupac fue sin dudas mi mejor maestro en el arte de dominar a un lobo sin malos tratos, porque esos ojos amarillo anaranjados se asociaban a un gen de los llamados “salto atrás”, los lobos tienen ojos de ese color.
Figa fue la perra que armó toda mi primera estructura de clientes.
Pero por sobre todas las cosas, ambos me enseñaron a querer profundamente a los caninos.
Más adelante les contaré a cerca de otro de los caninos que marcaron toda mi vida. Se llamó Lagash, es el dóbermann que posa en la mayoría de mis fotos. Aunque él ya llegó cuando yo tenía experiencia como entrenador y falleció hace solo un par de años. Pero sin dudas también fueron muchas las cosas que me enseñó.