Nota editorial Educación natural para tu hijo Volviendo a la pedagogía animal para enseñar y al mismo tiempo reforzar los lazos En el número anterior les prometí compartir con ustedes algunos capítulos de mi libro próximo a editarse Educación Natural Para Tu Hijo, el cual ha recibido muy buenas críticas por parte de la Licenciada María Cristina Galán, una de las psicoanalistas más prestigiosas en problemas adolescentes, quien me hará el honor de prologarlo. Se preguntarán qué tiene que ver este tema con los adiestradores de caninos, la respuesta es TODO. Porque el ser entrenador es una forma de vivir, comunicándonos, organizándonos, armando un tejido social con un conjunto de reglas de comportamiento de grupo claras y contenedoras. Y así como he aprendido a adiestrar gracias a los maestros que han sido para mí los caninos, así también he aprendido a comunicarme con las personas y especialmente con los niños, gracias a las enseñanzas de los animales. Los métodos pedagógicos animales son y deben ser perfectos. El motivo no es que sean ellos más inteligentes que los humanos, sino todo lo contrario: al contar con un grado de inteligencia menor, sus métodos deben ser lo suficientemente efectivos como para que aún así aprendan y sobrevivan. Los errores de los humanos los puede corregir el terapeuta, los errores de los animales los corrige la madre naturaleza, mediante la eliminación del quienes han fracasado. Desde hace un tiempo he ayudado a amistades con problemas en la educación de sus hijos. Todo empezó con una repetida broma, a la que encontré una repetida respuesta. Al tocar el tema de la educación canina y el comportamiento animal, la broma recurrente señalando a sus hijos era “hijos no adiestras?”. Mi respuesta fue “sí, de hecho con mi hija empleo el mismo método que con los animales, que es el mismo método que emplean a su vez los padres animales”. Entrábamos así en un diálogo que terminaba con una serie de consejos dados desde mi modesta experiencia para cada problema en particular y otros para la generalidad de las relaciones padres e hijos. Con el tiempo me convertí sin quererlo en una especie “asesor paternal”, y los resultados eran buenos. Los problemas de conducta se corregían, las relaciones mejoraban y mi satisfacción era doble entonces. “Deberías escribir un libro sobre educación de los hijos” me dijeron más de una vez amigos y clientes. Lo que por supuesto tomé como un halago sin que jamás se me ocurriera hacerlo realidad. Un día me dije “¿porqué no?”, y aquí está entonces este libro que espero ayude a quienes lo lean como ayudó a quienes me recomendaron escribirlo. Introducción Imagina por un momento que tuvieras que criar y educar a tu hijo en un medio salvaje. Donde diera sus primeros pasos entre serpientes y depredadores. ¿Cuánto crees que duraría su vida en esas circunstancias?, y ¿tu equilibrio nervioso donde estaría?. Sin embargo los animales lo hacen. Enseñan a sus hijos a cazar, a cuidarse de ser cazados y a evitar peligros topográficos, sin que por ello observes a madres y padres alterados y nerviosos. Con total confianza realizan el trabajo de guiar e inculcar a sus crías seguridad y calma mientras que su lazo de amor, lejos de alterarse, se acrecienta día a día. Imagina ahora, los peligros a los que está expuesto tu hijo en casa, con disyuntores de electricidad automáticos, equipos electrónicos de seguridad para las piscinas, juguetes de materiales especiales y con piezas de tamaño que no puedan tragarse, a todo esto las primitivas madres humanas los criaban sorteando precipicios mientras sus hijos aprendían a gatear. Si hoy debiéramos criar a nuestros hijos en esas circunstancias, no solo morirían casi todos a temprana edad, sino que madres y padres llegarían al suicidio o la locura a causa del stress. Los lazos familiares se destruirían, y ni pensemos en las consecuencias psicológicas de los adolescentes que sobrevivieran a tan estresante niñez. Pensarás que muchas crías humanas morían en épocas primitivas, pero puede demostrarse de manera simple que una tasa de mortalidad elevada nos habría extinguido como especie a causa de nuestra baja capacidad reproductiva. Te demostraré esto en este sencillo libro con números y evidencias. Este planteamiento es el que me hice al educar a mi hija, la cual hoy es ya una maravillosa adolescente, feliz, alegre, juvenil, segura, además de responsable y cariñosa. Como educador de animales y estudioso del comportamiento pedagógico salvaje me llamaba poderosamente la atención ver a algunas madres humanas zamarreando a sus hijos por las calles acompañados de gritos. A los hijos caprichosos en las tiendas que tocaban todo lo que no debían o se dirigían a la calle peligrosamente, mientras sus madres corrían detrás exasperadas. ¿Porqué un cabrito de la montaña sabe desde tierna edad que no debe acercarse a determinadas partes de un precipicio? ¿son acaso más inteligentes que nuestros hijos?, sin duda que no. Nuestros hijos alcanzan a los 2 años el grado de inteligencia de un lobo adulto, y a los 6 el de un chimpancé, para superar intelectualmente a partir de esa edad a todos los animales. Quiero compartir contigo los simples y naturales métodos pedagógicos con que los animales crían a sus hijos. Estos métodos son los mismos que me permitieron que mi hija se criara en una relación distendida y cariñosa, donde los lazos se han fortalecido. A los 11 meses daba sus primeros pasos y si se dirigía a un lugar peligroso, yo solo debía decirle que no, con total calma, para que ella se aleje del sector y venga a buscar afecto conmigo como cualquier cachorro animal con sus padres. Esta relación tan simple y natural, no solo te dará resultados inmediatos en la primera infancia, sino que facilitará las cosas en la conflictiva etapa adolescente, cuando ya los peligros son diferentes, pero no menos graves Orlando